




EL GRAN METINIDES
Patricia GolaIngresar
Al mundo del memorioso Metinides es entrar al ámbito de las repeticiones, perderse en el infinito de la multiplicación. En su casa, donde hacen esquina la calle 5 y la avenidad Revolución, hay un cuarto rojo, un altar dedicado a los dioses del fuego y de la sangre. En él se reproducen, como en un espejo, los aullidos de las sirenas, patrullas y ambulancias que integran la colección de sus juguetes preferidos. Las cuatro paredes cubiertas, estantes llenos de piso a techo, sin mediar centímetro entre objeto y objeto: la inocente escala donde se aquietan las incontables tragedias de la urbe. Una obsesión siguiendo su libre curso. De padre y madre griegos, Enrique Mentinides Tsironides nace en México D.F., el 12 de febrero de 1934. Su padre, dueño de una tienda de artículos fotográficos, le regala a los 12 años una cámara de cajón. De ahí en más, y durante las próximas cinco décadas, el por siempre niño registrará la fragilidad de los habitantes de la ciudad de México. Accidentes, violaciones, auto-viudas, pactos suicidas; madres deambulando por las calles con ataúdes a cuestas, escombros, manos infantiles violentamente cercenadas. El dolor, la desgracia y la locura de una ciudad que él conoce como pocos y ha recorrido como nadie.Álbumes, cajas y cajones, pilas y pilas de periódicos, pacientemente acumulados, registran su trabajo fotográfico con la meticulosidad de médico forense. Como se afirma que es costumbre de los criminales, Metinides regresa una y otra vez al teatro de los hechos. Su memoria recompone la escencia, jerarquiza, ordena el rompecabezas, junta sus partes.En este año Enrique Metinides cumple medio siglo como fotorreportero de nota roja. El periódico La Prensa prepara un libro con una revisión exhaustiva de su trabajo fotográfico. Por cortesía de ese diario, Luna Córnea ofrece aquí un adelanto de sus imágenes.La boya de San CosmeMis papás nacieron en Atenas, Grecia. Vinieron a México de luna de miel y aquí les gustó para quedarse un tiempo. Después estalló la guerra y tuvieron que establecerse en la capital, donde abrieron una tienda fotográfica, que era al mismo tiempo una bolería, de ésas de hilera, de las del tipo neoyorquino. La tienda estaba ubicada en la avenida Juárez, junto al Hotel Regis. Luego vivieron dos años en Guadalajara y más tarde pusieron, aquí en la ciudad, un restaurante, una tortería, en San Cosme 54. Fue entonces cuando mi padre me regaló una cámara –una Brownie junior. Al restaurante, que se llamaba Olimpia, iban gentes de la séptima delegación: el juez calificador, los agentes del ministerio público, etc. Y yo me fui haciendo amigo de todos ellos. Me gustaba retratar los coches chocados que iban a parar a la delegación y los que se estrellaban en la boya de San Cosme y Altamirano. Un día llegó un fotográfo de La Prensa. Era Antonio Velázquez, al que le decían “El Indio”, quien extrañado y luego de preguntarme qué hacía, me propuso que llevara al periódico las fotos de los coches que a cada rato iban a dar contra esa boya. De tal suerte que mi primera foto apareció publicada en 1946. Tenía yo entonces doce años.
“El Indio”, originario de El Oro, Estado de México, era sin duda el mejor fotógrafo de policía de esos tiempos. Me convertí en su asistente; le cargaba las dos cámaras y un reflector con cables. Él hablaba cada media hora a las Cruces y a la policía para tener noticias. Diariamente nos íbamos en taxi y hacíamos el siguente recorrido: primero, Lecumberri, después el Hospital Juárez (ahí estaba el anfiteatro) y más tarde la Jefatura de Policía (en Independencia y Revillagigedo). Ahí estaba también la estación de bomberos. A la escuela iba por la tarde. Y eso cuando iba, porque a veces el recorrido duraba todo el día.Luego trabajé en el Cruz Roja. Me convertí, gracias a “El Indio”, en el primer fotorreportero asignado a esa fuente. Viajaba en las ambulancias junto a los socorristas. Era el primero en llegar. Tomaba todo. Seguía el proceso. Presenciaba, pongamos por caso, una operación, y luego registraba la recuperación (o no) del paciente. Me apodaban “El Niño”. Logré incluso que las ambulancias fueran blancas y no grises oscuras como antes eran. Llevaba siempre conmigo una cámara, una libreta (con la que entrevistaba) y una pluma. Pero yo no escribía la nota. Me limitaba a entregar las fotos y dar datos precisos del accidente.Me tocó estar incluso cuando mataron, ahí en Insurgentes, a Manuel Buendía. Fuí el primero en reconocerlo. Buendía había sido director de La Prensa en los años 60. Fue él quien me mandó a llamar y ofreció pagarme por mis fotos. Tenía yo entonces 26 años. Eso fue, lo recuerdo bien, el 16 de junio de 1960. Me pagaban $25 por la primera o última plana y $15 por el interior. Sin embargo, al poco tiempo de estar trabajando, ganaba más que los de planta.Yo trabajaba con película vencida. Compraba cartuchos, me metía al closet de mi casa y los llenaba. Un actor de cine, un extra, no me acuerdo su nombre, uno que sale en El rey del barrio y que iba a comer con frecuencia al Olimpia, me vendía los pedazos sobrantes de las películas de Tin Tan.En el Palacio Negro de Lecumberri conocí a “El Sapo”. De ojos saltones, chaparro y moreno. “El Sapo” era un famoso asesino múltiple. Había matado a unas 130 personas. Cada vez que su proceso iba concluir, “El Sapo” mataba en la cárcel a alguien más, de manera que el proceso continuara. Como yo era entonces un niño, cada vez que entraba a Lecumberri, los presos me robaban todo: mi peine, mi pañuelo, mi pluma…Hasta que Antonio (Velázquez) se lo dijo a “El Sapo” y desde ese momento nadie me molestó más. A “El Sapo” lo mataron a puñaladas en las Islas Marías, a puñalada por muerto...